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Leyendas

En los filandones de las largas tardes del invierno en las casonas de Puebla de Lillo, los lugareños recordaban al calor de la lumbre las leyendas que oyeron de sus abuelos en torno a los lagos de Isoba y Ausente.

Cuentan que hace muchos siglos los vecinos de Isoba no quisieron prestar auxilio a un peregrino, quien ante el desprecio general lanzó una maldición contra todo el pueblo, ordenando que se hundiera toda la población salvo la casa del cura y la de la pecadora, las dos únicas personas que intentaron prestar ayuda al peregrino. Inmediatamente las aguas inundaron el valle que acogía al pueblo y se formó el lago de Isoba.

En torno al lago Ausente cuentan que una joven labradora volvía del campo con su carro de vacas, pero tuvo la mala fortuna de caer al lago y desaparecer bajo las aguas. En un último intento por salvar la vida, la joven alargó la mano e intentó agarrarse a la tierra. La tradición asegura que del lugar donde la labradora puso su mano en un último intento para salvarse brotó la fuente de los cinco manantiales, También hay quien asegura haber oído en las noches de luna llena los gritos y lamentos de la desafortunada joven, que proceden de lo más hondo del lago.

El origen del nombre de Mampodre, con el que se designa tanto a la Reserva Nacional de Caza, como a la sierra en la que se enclava, tiene también su leyenda. Cuentan que el nombre viene de manos podadas, que recogería el hecho de que los invasores romanos, tras someter a los cántabros y astures en el siglo I a. C. cortaron las manos a los caudillos rebeldes y los confinaron en estos bosques.


 

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